José Raúl Álvarez García*

 

Schopenhauer fue un pensador alemán de gran envergadura filosófica. Nacido un 22 de febrero de 1788 en Danzig, su filosofía recoge ideas de tradiciones orientales como el budismo, el hinduismo y el taoísmo. De entre sus obras más famosas se encuentra El mundo como voluntad y representación, obra en la cual delinea un planteamiento filosófico erigido críticamente bajo la sombra de dos figuras definitivamente importantes dentro de un esquema histórico-totalitarista de la filosofía: Kant y Hegel.

Con un estilo literario brillante y suelto, también es autor del libro El amor, las mujeres y la muerte, obra en la cual aplica la misma fórmula explicativa para esos tres fenómenos, a saber, la voluntad de vida: una aspiración misma de la vida que buscará la duración; idea que llama la atención de Nietzsche; sustrato metafísico que explica la vitalidad del contenido de su obra a pesar de que en un 21 de septiembre de 1860, se suscite el fin de su existencia; creencia de tintes espirituales que inspira su presente reseña y hace recordar aquella entrevista hecha por Joaquín Soler en 1976 al “último delicado”, donde afirma que su máxima figura literaria es Schopenhauer, “él me lo ha dado todo”: Jorge Luis Borges.

A pesar de que desarrolla tres temas diferentes bajo un mismo planteamiento metafísico, es conveniente tomarlos por separado y exponer las ideas, en ocasiones viscerales, en otras combinando elegantemente la razón, la visceralidad y el misticismo que el autor revela.

El amor.

 Cuando habla del amor, Schopenhauer se pregunta por qué ningún filósofo se ha encargado de tratar este fenómeno con seriedad, siendo algo tan real y de dimensiones tan extraordinarias que si no sacude la vida, igual es capaz de arrastrarla a la nada. ¿Por qué el amor conlleva a asumir conductas tan extremas, en ocasiones ridículas, dignas de irracionalidad? ¿Por qué a pesar de ser algo tan repetitivo y común, genera, no obstante, odas poéticas tan originales? En este último aspecto me recuerda el texto de La muerte, de Vladimir Jankélévitch, cuando este hace una comparación entre el eros de la vida y el thanatos de la muerte: siempre están naciendo. De ahí que cuando se produce el enamoramiento, la persona sienta que nunca antes lo había estado. De ahí que cualquier enamorado pueda convertirse en genio poeta.

En efecto, hay algo de irracional en el amor que escapa del margen limitado del conocimiento humano. ¿Será que proviene de la irracionalidad misma? Schopenhauer hace un planteamiento exquisito al respecto. Presenta el amor como una elaborada y refinada manifestación de la voluntad de vida cuyo interés está fijado en la generación próxima. De esta fuerza metafísica  depende no sólo el grado de intensidad amorosa, sino también el éxito o fracaso de la relación pasional entre dos sujetos. El sustrato de esta voluntad se encuentra en el instinto, pero éste es mucho más complejo y elaborado en cuanto a lo que comúnmente conocemos como instinto. En él radica el sentido estético del amor, es decir, la elección individualizada de tal o cual persona, la cual se dirige a asegurar la subsistencia de la especie y no la del individuo. En este sentido, el amor es un interés egoísta.

Lo interesante de este planteamiento radica en que el mecanismo del amor es totalmente inconsciente. El hombre sólo puede tener de él cierta intuición. En pocas palabras: el hombre enamora porque de esta forma obedece -no a sus intereses- a una voluntad superior ininteligible que es la voluntad de vida, cuyo objetivo o interés es preservar la especie, prolongarla. El amante es como un títere, cree que está actuando so libertad, cuando en realidad está siendo perspicazmente engañado.

Así, cuando esa fuerza es frustrada, desencadena las más grandes locuras pasionales escritas a lo largo de la historia de la literatura romántica, las tragedias más escandalosas. El amor es, en definitiva, una finalidad metafísica que aspira a la vida y se encarna en el ser a procrear. Por ello cuando se experimenta una pérdida o arrebato del ser amado, el dolor que ataca al amante excede a todos los demás, no hiere al individuo, sino a la especie, a la voluntad de vida. Es por esta razón que a Schopenhauer le parece tan acertada la alegoría del amor que en los griegos quedaba representada por cupido: un dios con aspecto de niño cruel, demoniaco, caprichoso; sus ojos tapados con una venda representan esa fuerza inconsciente que jala y arrastra a los amantes a las últimas consecuencias; el aleteo de sus alas la inconstancia, esa decepción que el hombre experimenta -de la cual sólo tiene una ligera noción- cuando consuma el acto sexual y engendra una nueva especie.

Definitivamente esta idea le confiere a Schopenhauer el antecedente más claro del psicoanálisis, sin quitar mérito a Freud, quien hizo de éste una ciencia de la oscuridad humana.

Las mujeres.

 Ciertamente la concepción de la mujer en este genio excluido del pensamiento moderno no resulta agradable en nuestra contemporaneidad excepto para algunos misóginos.

Su valoración fémina es sumamente despreciativa, por lo que considero exponer su pensamiento al respecto queda fuera del interés de esta reseña. Me bastará solamente decir lo que Sabina Berman dijo de Freud: fue un genio atrapado en su cultura (refiriéndome a Schopenhauer, por supuesto).

La muerte.

 Cuando el psicólogo Irvin Yalom manifiesta en su libro Mirar al sol que, ante  un remedio terapéutico para el tratamiento de la ansiedad a la muerte, el filósofo por excelencia a escoger sería Epicuro, contrapondría su electiva y optaría por el hombre desengañado del cual tratamos. Schopenhauer veía en la muerte una necesidad de tipo moral, que no corta de tajo la vida, sólo la existencia del individuo. En efecto, la muerte no amenaza la voluntad de vida, pone fin a la del hombre particular.

Tenía una observación bastante aguzada del mundo físico. Para él la materia es indestructible y perdura. Una vez que el hombre u otro ser conformante de la naturaleza fenecen, los elementos de los que está hecho se integran en el ciclo natural de la vida en el mundo. Así, cierta idea de inmortalidad podría consolar ante la inminencia de la muerte. La siguiente cita sintetiza su misticismo:

Por consiguiente, en ti, preguntón insensato, que desconoces tu propia esencia y te pareces a la hoja del árbol cuando, marchitándose en otoño pensando en que se ha de caer, se lamenta de su caída, y no queriendo consolarse a la vista del fresco verdor con que se engalanará el árbol en primavera, dice gimiendo: «No seré yo, serán otras hojas».

¡Ah, hoja insensata! ¿A dónde quieres ir, pues, y de dónde podrían venir las otras hojas? ¿Dónde está esa nada cuyo abismo temes? Reconoce tu mismo ser en esa fuerza íntima, oculta, siempre activa, del árbol, que, a través de todas sus generaciones de hojas, no es atacada ni por el nacimiento ni por la muerte. ¿No sucede con las generaciones humanas como con las de las hojas? (p. 113).

Tres planteamientos diferentes, una misma fórmula metafísica donde se destacan dos puntos: la indestructibilidad del ser en sí o noumeno kantiano y la verdad de que este ser en sí reside en la especie, no en el individuo. Un estilo y forma bastante creativos al tratar los temas descritos con anterioridad. Un lenguaje ligero y accesible frente a una forma de hacer filosofía que nos ha engañado haciéndonos creer que debe ser complicada por naturaleza. Un filósofo que elucubró en la oscuridad, a la sombra de lo que occidente interesadamente ilumina. Eso fue Schopenhauer, un pesimista iridiscente.

 

Bibliografía:

 

  • Schopenhauer, A. (1993). El amor, las mujeres y la muerte. España: EDAF.

* José Raúl Álvarez García. Universidad de Colima – Escuela Superior de Filosofía

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